Minería antigua

 Imagina un mundo sin el color púrpura 

 La mayor parte del color púrpura actual nace de colorantes o materiales sintéticos. Sin embargo, hace 4000 años en el Egipto antiguo  el púrpura no era nada habitual. El mineral de la amatista era una de las pocas fuentes naturales de este color. Hay muy pocos ejemplos de amatista hallados en el Mediterráneo anteriores al 2000 a.C., pero todo esto cambiaría con el comienzo del Reino Medio en Egipto (2000-1700 a.C.). Los prospectores egipcios descubrieron la principal fuente de color púrpura de la Antigüedad, y fue en Wadi el-Hudi. En el Reino Medio la amatista se convirtió en uno de los principales elementos de prestigio, ya que los oficiales y cortesanos se apresuraron por conseguir joyas purpúreas como esta que actualmente se encuentra en la colección del Metropolitan Museum of Art

 ¿Cómo era una expedición minera egipcia? 

Las inscripciones de Wadi el-Hudi y otros yacimientos nos han dado mucha información sobre cómo era una expedición real en el Reino Medio (2000-1700 a.C.). Cuando el faraón quería amatistas u otros minerales necesarios para el artesano de la corte, pedía a un alto oficial, como un Encargado principal, que reclutase administradores, soldados y “hombres fuertes” para organizar una expedición en zonas del desierto donde solían localizarse los minerales. La mayor parte de las inscripciones narran cuanta amatista fueron capaces de llevar de vuelta, cómo mantuvieron a sus hombres a salvo en el desierto, y cuanta estima tenía el faraón a sus hábiles administradores. Al parecer, estas expediciones organizadas por un alto oficial eran temporales, durando unos pocos meses. La expedición se realizaría por el desierto y se mantendría gracias al transporte constante de comida y agua desde el valle del Nilo. Los participantes explorarían localizaciones favorables para la minería, y una vez hubieran encontrado un buen emplazamiento, los mineros construirían un campamento usando pequeñas piedras del desierto como materiales de construcción. Cuando las siguientes expediciones reutilizaran los campamentos lo más probable es que los aumentaran o renovaran. Los mineros cavaban gigantes hoyos, siguiendo la veta visible desde la superficie. 

Usaron mazos de granito para romper en dos las piedras y aislar la veta de amatista. Tras su obtención, el primer nivel del refinamiento se realizaba al lado de la mina, pero en etapas posteriores ya tenía lugar en el campamento. Tras esto, la amatista en bruto era llevada al campamento del faraón que estaba en el valle del Nilo siendo trabajada y, posteriormente, convertida en joyas. Algunas minas de Wadi el-Hudi pueden llegar a medir 60 metros de largo y 20 de ancho, mientras que los campamentos tenían 70 metros de largo y 50 de ancho. Esto suponía un esfuerzo enorme. Mediante el estudio arqueológico de Wadi el-Hudi hemos tenido la oportunidad de comprobar que las inscripciones halladas son fieles a la realidad. Algunas de ellas afirmaban que unos 1.500 hombres participaban en las expediciones, aunque los asentamientos más grandes solo tienen 75 habitaciones, por lo que no podrían haber acogido a todos. Como arqueólogos debemos preguntarnos si las cifras de las inscripciones son exactas y, en caso de serlo, ¿cómo podrían ser exactas? ¿Pudieron las personas ir y venir por turnos, por ejemplo, y así llegar a ser 1.500 en total? Como adición a estos espacios de habitabilidad, el hallazgo de mazos de piedra descartados, el volumen de material en los montones de desechos y otros factores, nos permiten evaluar cómo era una expedición minera real. 

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¿Qué extraían? 

Wadi el-Hudi, como cualquier otro emplazamiento del Desierto Oriental, es una región rica en recursos minerales. Su única geología es el motivo de la concentración de materias primas deseables: esta zona no sólo se encuentra en la frontera entre un complejo de gneis metamórfico más antiguo y granitos ígneos más jóvenes, sino que también contienen arenisca nubia y vetas de basalto volcánico, minerales y otros tipos de piedra. La geología ha resultado difícil de cartografiar y comprender en su totalidad debido a lo erosionada que está la zona, pero Per Storemyr ha realizado un estudio geoarqueológico de la zona alrededor de algunos de los yacimientos. La combinación de complejos arqueológicos hizo del wadi una valiosa fuente de cuarzo (cristal de roca), amatista, oro, plomo, mica y cobre. 

En la Antigüedad, el principal recurso para la minería era la amatista, una hermosa piedra purpúrea que es una variedad de cuarzo irradiado que contiene hierro. La amatista se encuentra en las vetas mineralizadas que atraviesan el Desierto Oriental, en pequeñas rocas con forma de geoda. Como el color púrpura se desvanece con la luz solar, ninguna amatista habría sido visible en la superficie –para encontrarla los mineros abrieron minas de arranque o de prueba para buscarlas bajo la superficie. 

En el Reino Medio (2000-1700 a.C.) la amatista estaba de moda y el principal lugar de extracción en Egipto era Wadi el-Hudi. La amatista es una piedra semipreciosa de gran belleza que fue usada en las joyas de la elite del Egipto antiguo, incluidas las reinas y las princesas. Podría decirse que el faraón adquiría la amatista para recompensar a los miembros de la corte a cambio de sus buenas actuaciones. La propiedad de la amatista tendría un importante peso social, como ostentación del faraón, pues toda ella procedía directamente de los talleres reales. La amatista también se encuentra con frecuencia en los enterramientos del Reino Medio, lo que refleja el grado de popularidad que adquirió en esa época. Curiosamente, cuanto más oscura era la piedra mayor prestigio tenía. En el Egipto antiguo, la amatista también tenía fama de tener propiedades mágicas, asociadas al sexo y al amor, en la tierra y en el más allá. Un hechizo mágico, conocido como el ensalmo Textos de los Ataúdes 576, declara “en cuanto a cualquier hombre que conozca este hechizo, tendrá sexo en esta tierra de noche o de día, y tendrá el corazón de la mujer debajo suya cuando tenga sexo”. Para que funcionase este hechizo debía “recitarse sobre una cuenta de cornalina o de amatista, que debía colocarse en el brazo del derecho del difunto”. Las imágenes son de Dominio Público, del Metropolitan Museum of Art, Nueva York


¿Trabajaban los esclavos en las minas? 

La cuestión de si los esclavos excavaban en las minas es uno de los temas principales de nuestro trabajo en curso, y sigue siendo objeto de debate, en parte porque las inscripciones de Wadi el-Hudi ofrecen información contradictoria. Por ejemplo, una inscripción (WH6) del año 17 de Senuseret I establece que habían sido llevados 1.000 “hombres fuertes” de Tebas, lo que indicaría que serían egipcios. Quizá se les pagaba bien por su trabajo o quizá eran reclutados como trabajadores en las corveas (una forma de impuesto que debían cumplir para con el gobierno). Por otro lado, otra inscripción (WH143), sin fecha, pero del reinado de Senuseret I afirma: “en cuanto a cada arquero de Ta-Seti [=nubios], su trabajo como esclavos se consigue por el temor a este dios [=el faraón Senuseret I]. La inscripción da a entender que los egipcios reunían a los nubios y les forzaban a trabajar bajo la amenaza del rey. Es competencia de la arqueología corroborar y contextualizar las inscripciones. Como arqueólogos, nos planteamos preguntas como: ¿Apoyan el diseño y la arquitectura de los campamentos mineros su uso como prisiones? ¿Podían los mineros salir por su cuenta? ¿Cómo trataban a los mineros los administradores egipcios? ¿Estaban bien alimentados y atendidos o eran golpeados por no trabajar? ¿Los guardias que sabemos que trabajaban allí estaban presentes para mantener a los prisioneros en los campos o para mantener a los saqueadores fuera? 


¿Trabajaban los nubios en Wadi el-Hudi como mineros? 

Sí. Los egipcios utilizaron tanto mineros egipcios como nubios en estas expediciones temporales. Incluso algunas de las primeras inscripciones de Wadi el-Hudi, como la WH4 que data del segundo año de reinado del faraón Mentuhotep IV, afirma que trajeron a “todos los nehesy [=nubios] de Wawat, Sety [=Nubia], y del sur y del norte” para fundar estas minas de amatista. También hay pruebas arqueológicas de la presencia de nubios en Wadi el-Hudi. Todos los yacimientos que datan del Reino Medio contienen una pequeña cantidad de cerámica nubia del grupo C, compuesta principalmente por ollas, tazas y cuencos. Se trata de cerámica que una persona utilizaría para comer en su propia casa. Además, en la construcción de los campamentos se utilizaron técnicas de construcción nubias. Parece que un funcionario egipcio diseñó el trazado, pero luego dio instrucciones a los trabajadores nubios para que lo hicieran. Siguieron el diseño egipcio, pero colocaron las piedras e incluyeron pequeñas ventanas utilizando sus propias técnicas nubias aprendidas en casa. 


¿Qué hacían los soldados en Wadi el-Hudi? 

Los soldados vigilaban Wadi el-Hudi. Hay varios lugares en los asentamientos, y en las cimas de las montañas que los rodean, donde los soldados se sentaban durante horas para vigilar la zona que los rodeaba. Cada uno de estos puestos de vigilancia tiene unas condiciones de visibilidad increíbles, que permiten a los guardias ver el interior de los wadis en muchas direcciones diferentes. Estos soldados debían estar atentos a cualquier movimiento en el desierto, incluyendo caravanas, pastores nómadas, animales, etc. Del mismo modo, si se trataba de un campo de trabajo para esclavos, probablemente también vigilaban a los obreros para asegurarse de que no se fueran y no robaran nada de los asentamientos. En su aburrimiento, los soldados tallaron cientos de inscripciones en las rocas de sus puestos. La mayoría son figuras de soldados que sostienen armas como palos. Algunos soldados están acompañados de perros, otros tienen nombres y títulos tallados junto a sus imágenes, y algunos simplemente dibujaron sus pies o un tablero de juego. Esperamos analizar estas inscripciones para determinar, entre otras cosas, los niveles de alfabetización de la clase militar. No hay prácticamente ningún otro lugar en Egipto donde se pueda responder a esta pregunta. Los campamentos representan contextos de gran singularidad. 


¿Quién creó los cientos de inscripciones? 

Poder estudiar las distintas inscripciones en su paisaje original es esencial para poder interpretarlas. Existen tres tipos de inscripciones. En primer lugar, están las llamadas inscripciones “históricas”, talladas por escribas bien formados. Suelen incluir el nombre del rey, los nombres de los altos funcionarios y declaraciones formales sobre la expedición. Las inscripciones históricas se colocan a propósito en lugares donde mucha gente puede verlas, a lo largo de los caminos, en las entradas, en afloramientos rocosos bien situados, etc. En segundo lugar, están las inscripciones que los soldados tallaron en sus puestos de vigilancia (véase más arriba). Por último, hay nombres o imágenes talladas en las habitaciones donde vivían los hombres. Estas inscripciones se encuentran a menudo en paredes interiores que nadie ve si no entra en la habitación. Sería casi imposible interpretar las transcripciones de estas inscripciones fuera de sus contextos físicos. Pero, en su contexto, el equipo de Wadi el-Hudi puede estudiar no sólo ellas, sino los espacios, los objetos y los residuos de las personas reales que participaron en la expedición. 


¿Qué pueden decirnos los huesos de animales? 

Los huesos de animales son uno de los hallazgos más comunes en Wadi el-Hudi. Estos huesos de animales pueden darnos mucha información sobre cómo subsistían los mineros en el duro entorno del desierto. Estudiando los tipos de animales que había, podemos conocer la dieta y la cocina de estas comunidades tan remotas. Por ejemplo, observando la variedad de especies presentes, podemos ver si los habitantes de estos campamentos dependían de la carne de los animales que traían de las comunidades del valle del Nilo o si también aprovechaban los animales del desierto. Estudiando qué partes del cuerpo se desechaban -y observando las marcas de carnicería en los huesos- también podemos aprender un poco sobre cómo se mataban los animales, cómo se procesaba su carne y cómo se cocinaba. Al observar el sexo y la edad al morir de los animales sacrificados, también podemos saber si los animales eran explotados para otros productos no cárnicos, como la leche o la tracción. En 2018, Kate Grossman comenzó a estudiar los huesos de animales de los yacimientos 5 y 9. Su análisis añadirá una nueva e importante dimensión a nuestra comprensión de la vida de los mineros en Wadi el-Hudi. 


¿Qué comían y bebían en el desierto? 

Esta es otra cuestión fundamental y debatida de nuestro trabajo, ya que en esta parte del desierto no había agua ni árboles de matorral, y pocos animales salvajes de forma natural. Todos los alimentos y el agua debían ser traídos de otro lugar, lo que significa que el Estado u otros individuos debían abastecer a estas expediciones. La respuesta breve es que los expedicionarios comían pan y carne, y bebían cerveza y agua. Hemos encontrado restos de huesos de animales en las esquinas de las casas. Igualmente, hemos encontrado restos de granos, pero aún estamos estudiando si los egipcios traían grano del Valle del Nilo con el que los trabajadores hacían en su propio pan, o si transportaban pan ya hecho desde el valle del Nilo para que los trabajadores no tuvieran que hornear. Tampoco se sabe cuál era su suministro de agua. Todavía no hemos encontrado pozos excavados cerca de ninguno de los asentamientos más grandes. Pero también es improbable que alguien trajera agua a pie a 35 kilómetros del valle del Nilo. Seguimos buscando pozos que los expedicionarios pudieran haber excavado en el desierto, e incluso entonces, es posible que necesitaran acarrear agua varios kilómetros hasta los lugares más importantes. El agua era probablemente el bien más preciado en el desierto. Sin duda, estaba protegida y racionada por el Estado. 


¿Había fortalezas en el desierto? 

No. Gran parte de la primera documentación sobre Wadi el-Hudi calificaba los campamentos mineros de “fortalezas”, sobre todo porque el yacimiento 9 imita la forma de las fortalezas contemporáneas a lo largo del Nilo en la Baja Nubia, como Buhen (que tiene muros de casi 30 metros de grosor). Sin embargo, a diferencia de la arquitectura de allí, la del yacimiento 9 es poco práctica para proteger a la población de cualquier ataque de un ejército. Los muros tienen apenas 2 metros de altura y 1 metro de grosor en su base; cualquier persona sana puede escalarlos. También hay pequeños agujeros en las paredes exteriores del sitio 9 que los investigadores precedentes llamaron “aspilleras”, con la hipótesis de que se podían disparar flechas a través de ellas. Sin embargo, no se abren, como las aspilleras contemporáneas de los fuertes de la Baja Nubia. Así que los arqueros que estaban detrás de ellas sólo podían disparar hacia adelante. Y tienen rocas dentadas que asoman por las aberturas y que habrían bloqueado muchos disparos. 

Por otra parte, la mayoría de los agujeros en las paredes exteriores del Sitio 9 se abren a pequeños pasajes o habitaciones que probablemente necesitaban luz, o bien señalan lugares donde trabajaba o pasaba mucha gente. Es mucho más probable que estos agujeros funcionaran como ventanas para la luz y la visión. Los muros ofrecían un mínimo de cerramiento y protección, pero se asemejaban más a las murallas de las ciudades. Es decir, restringían el acceso y protegían mínimamente a las personas que se encontraban en su interior de los animales o tal vez de un pequeño grupo de ladrones, pero nunca estuvieron pensadas para resistir un ataque frontal de un ejército. En cambio, deberíamos llamar al yacimiento 9 “asentamiento” o “campamento” o incluso “asentamiento fortificado”, pero nunca “fortaleza”. 


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